Blog

17.7.09

MICHAEL PETER JACKSON PAN

Hacer un análisis de lo que ha sido el fenómeno Michael Jackson, después de que se hayan apagado los fuegos informativos, desde una perspectiva exclusivamente sociológica es, cuando menos, algo insuficiente. Juzgar sus excentricidades como una patología sin más se queda corto. Es como si pretendiésemos, nosotros, simples mortales, evaluar a los faraones egipcios.
A quien haya viajado a Katmandú le habrán llevado, seguramente, a visitar a la diosa niña que vive como tal en un palacio hasta que alcanza la adolescencia y habrá salido, como yo, preguntándose qué será de esa muchacha cuado la expulsen del templo y se dé cuenta de que debe vivir como una persona normal aunque ya no pueda serlo porque será una mujer que fue una deidad y dejó de serlo. Michael Jackson fue nuestro dios niño y el faraón del Egipto del capitalismo avanzado y, además, lo fue siendo divino a la vez que popular, cantando maravillosamente e inventando el espíritu de la época, el zeitgeist, con materiales muy sencillos, de la calle, con el breakdance robotizado, el grito lastimero del soul, el arañazo de un light rock&roll, con un vestuario punky carísimo, diseñado y cortado al milímetro, pero con la estructura de la ropa barata del muchacho arrabalero que juega a disfrazarse con los trapos que hay por casa.
Se le pretende a la postre un freaky -y así se le deposita en la mirada de las nuevas generaciones- pero no debemos olvidar que el freaky es el monstruoso que no sabe hacer nada, el cúmulo del error que capta la atención sin ninguna virtud y Michael fue bellísimo y un virtuoso, alguien que logró el mayor éxito del planeta.
En las declaraciones del juicio sobre su supuesta pederastia se pudo comprobar que se trataba de una persona dulcísima, de una inocencia tal que nos inclinaba a absolverle sin necesidad de pruebas. Verle entrar a los tribunales, con su paso alado y aquel atuendo imaginario condecorado de símbolos mudos de un ejército inexistente de sueños, conmovía. Al pasar el arco de detección de metales pareciera que iban a descubrirle doblemente armado con las pistolas de la risa. Era como sentar en el banquillo a Blancanieves o a Bamby, un sacrilegio.
Se han cansado de decir que era el negro que quería ser blanco pero lo cierto es que con lo que soñaba era con ser el personaje de una película de dibujos animados, no hay más que observar su rostro último, las cejas inclinadas, los ojos enormes y tiernos, los pómulos ovalados, la sonrisa en forma de uve sobre el mentón dividido y la nariz, culminada en esa bolita como la de Mickey Mouse.
Hemos sido pretendidamente crueles con ese hombre, sádicos, por envidia. Dio señales de una gran inteligencia relatando lo atroz que fue su infancia, la crueldad del padre que enseñaba a un dios a ser divino a golpe de correa, los hermanos entrando a fornicar con fans mientras el infante dormía en la cama de al lado...
En un mundo enfermo de riqueza nos ha enseñado cómo podría ser nuestro futuro y ha pagado con su vida, que no tenía sentido fuera del trono del escenario, el precio de mostrarnos el infierno que sería la nuestra si, en lugar de un sueño, fuese algo cierto. Es trágico ser un dios vivo y añorar la inocencia del país de Peter Pan, no en vano el de nunca jamás.

MUERTE DEL LIBRO

Desde mediados de los años noventa el futuro del libro empezó a ponerse en cuestión primero por la comercialización de los equipos informáticos y, después, por la aparición de Internet. Apenas han pasado quince años y nos parece hoy imposible pensar que viviéramos, hace tan poco, sin estos dos recursos que hoy se nos antojan imprescindibles. Las mejoras en cuanto a la elaboración de materiales escritos y a la divulgación de estos han sido enormes, si bien, no se ha producido un desplazamiento tan brutal de los medios impresos tradicionales como se preveía. Internet ha ido colonizando espacios poco vigilados y creando nichos de expresión, pero, siempre, a la sombra de los medios que el invento de Gutenberg había propiciado, limitándose, en muchas ocasiones, a ser un duplicado de libros o periódicos.
La prensa escrita y el libro habían logrado un estatus social muy elevado constituyéndose la misma imprenta en una máquina de legitimación de los discursos o de las informaciones que contenían. A los pocos años de aparecer la red se extendió la idea general de que en ella había mucha basura confrontándola a la, también general, idea de que los libros, por muy malos que fueran, siempre tenían algo bueno. Así es que el esfuerzo mecánico y la inversión económica que precisaban las impresiones gráficas, y que venían a ser un defecto en el presente informatizado, se revalorizaron al constituirse en garantes de cierta selección de contenidos.
Es verdad que la prensa ha hecho esfuerzos por tener presencia en Internet y que, en cierta medida, acusa pérdidas porque no acaba de hallar la forma idónea de asimilar la actividad empresarial a la sociedad de la información actual. Sin embargo y por otro lado, los periódicos que únicamente existen en la red no acaban de tener el prestigio suficiente como para aspirar a desplazar a los tradicionales.
El mundo editorial de los libros por su parte sí que parece mantener a raya a los inventos que quieren desahuciarlo. Ni el libro electrónico ni la posibilidad de descargar obras literarias gratuitamente logran hacer perder aura al libro convencional. El libro tiene de su lado el simple hecho de que es una cosa y, como tal, se puede tocar, oler, transportar, regalar, prestar o incluso olvidar o perder, y, sobre todo, se puede cargar de connotaciones simbólicas. Es, por lo tanto, un perfecto objeto de fetichización. Como mercancía, además, es muy receptivo a aquellas plusvalías de las que hablara el barbudo de Marx, mientras que los productos electrónicos propenden, como ya sabemos, a lo gratuito.
No son lo mismo, qué duda cabe, unos libros que otros, una ediciones que otras, unas encuadernaciones que otras y, como explicaba Juan Ramón, el mismo libro en ediciones distintas dice cosas diferentes. Los quinientos años de la Imprenta no se pueden borrar de un plumazo como, probablemente, no se desestimaron al instante ni el papiro, ni el pergamino, y como, seguramente, tampoco se envió inmediatamente al paro ni al escriba egipcio ni al amanuense medieval. Además la pantalla electrónica sigue causando cierta renuencia, una electrización que no permite la puesta en contacto de las dos intimidades, la del autor y la del lector, que tenía lugar con el libro de papel.
Internet ha propiciado un incremento considerable de la lectura porque eminentemente ha sido un medio escrito aunque la imagen y el sonido hayan sido asequibles. La red ha rescatado géneros como el epistolar, el diario por entregas o el foro, la tertulia si se quiere; sin embargo lo que se echa en falta en ella es otro paradigma del conocimiento. Lo que la red ha acabado por desarrollar es un sistema de búsqueda donde la jerarquía de accesibilidad de los conocimientos o de la información procede de su popularidad principalmente. Navegar en Internet supone ir a la deriva porque no tenemos un sistema que vertebre el conocimiento como lo hacían los libros entre sí. Podemos afirmar que Internet ha seguido el modelo catastrófico de la Biblioteca de Babel de Borges en lugar de construir su propio mecanismo para transmitir la información y el conocimiento. El libro tradicional contiene un itinerario del conocimiento que nos queda perfectamente definido, por ejemplo, en el género del ensayo donde la cita y la nota al pie no son sino el camino de los senderos que se bifurcan, propuestas para ese preciso itinerario.
Si lanzamos una mirada retrospectiva a lo que ha sido la red en estos años veremos como una de las ideas primeras y más deslumbrantes, aquella del hipertexto, ha ido siendo relegada para volver a la de índice que es propiamente un instrumento del libro. Todos los hipervínculos han sido relegados a la función de acortador de distancia entre la señal y su contenido en lugar de propiciar conexiones neuronales entre conocimientos emparentados. Proyectos como Wikipedia, basados en el hipertexto y el trabajo colectivo, dan la sensación de languidecer frente al auge de los buscadores y la competitividad por aparecer antes en ellos.
Claro está que el hipertexto, en los términos en los que lo conocemos, supone un esfuerzo colosal y una digresión constante difícil de rentabilizar, de ahí que lo que debería surgir es una herramienta que, desde la propia red, estableciese esos itinerarios del conocimiento, algo así como una hipertextualización automática en la que prime la excelencia de los contenidos.
Lo que queda meridianamente claro es que el libro no está, por ahora, en peligro de muerte porque es Internet la que ha sido colonizada por su modelo para atrofiar las grandes posibilidades de crecimiento que nos anunciaba.
Aparecido en A voz de Villalba, 15-5-09.

15.3.09

LECTURAS CADÁVERES

Peregrino de Angkor

Cuando se viaja a Estambul por vez primera a uno le sorprende encontrar en todas partes fotografías de dos personajes de los que, hasta el momento, no había tenido noticia alguna. Uno de ellos es Kemal Atatürk, el padre de la patria turca, de la moderna Turquía, que, con afilada mirada azul, custodia todos los lugares y el otro un tipo muy peculiar que aparece en sus retratos como un europeo no muy alto de principios del siglo XX. Este último es un tal Pierre Loti y se presenta siempre pintoresco, unas veces disfrazado de otomano, de Tutankhamon o de Osiris y otras fumando, asistido por su criado Chukry, un narguile, una de esas cachimbas en las que el humo del tabaco que quema un ascua se mezcla con los vapores del agua que hay abajo en un depósito de vidrio.
Loti tiene siempre la mirada fija hacia el hombre de la cámara, una mirada rasa sobre su propia cara, sobre unos mostachos bien gruesos y simétricos y una nariz prominente, ancha y cómica. Hay algo en él de payaso, de payaso triste a lo Buster Keaton. Fue un viajero impenitente y un escritor algo melancólico. En su tiempo hubo de ser muy famoso y hasta académico, un francés que, como perteneciente al ejército, anduvo por todo el mundo componiendo libros de viajes que marcaron el paradigma de lo que serían los de estilo decadente y romántico.
Al estambulita lo que más le gusta de Pierre Loti es su café. Un local en lo alto del Cuerno de oro desde donde se divisa el Bósforo y la ciudad mágica y que le sirvió al autor de lugar de contemplación e inspiración durante las temporadas que pasó en aquella ciudad. El estambulita sube al Café Pierre Loti a tomarse un té de manzana y, luego, baja paseando por el enorme cementerio de Eyüp que no es como los de aquí, tristes y trágicos, sino un parque muy agradable con losas antiguas y modernas que se apilan como un sotobosque epigráfico que se derrama, ladera abajo, hasta la urbe.
Pierre Loti nos ha dejado el relato de su viaje a uno de los sitios más bellos y enigmáticos del planeta, Angkor, una antigua ciudad fascinante que lo fue del imperio Jemer entre los siglos IX y XV de nuestra era y que Henry Mahout descubrió para occidente en 1860, en las selvas de Siam.
Desde el comienzo del libro Loti nos habla de un lugar al que deseaba ir desde niño, cuando descubrió, en el petate que el ejército envió con las cosas de su hermano fallecido en Saigón, una revista con imágenes del mítico lugar.
El viajero que es Pierre Loti se manifiesta fatigado antes de partir, apesadumbrado por lo colosal del mundo, por la incesante labor de la vida en toda latitud. Es su mirada, a diferencia de la de los viajeros entusiastas, una mirada pesimista, una mirada que encuentra lo mortecino, las huellas del pasado acabado por doquier.
Loti visita Angkor en 1901, durante un permiso que se le concede para abandonar el acorazado en el que sirve al ejército. Emprende el viaje hacia la ciudad abandonada en un pequeño vaporcito a contracorriente del río Mekong hasta alcanzar, aguas arriba, Camboya y, tras abandonar la Conchinchina, penetrar en Siam.
Nos cuenta por el camino como cambia el tipo humano, cómo pasa de contemplar a los Annamitas de torso desnudo color azafrán y dientes laqueados de negro a observar el tipo indio de ojos redondos. La humedad, la vegetación desbordante le hacen percibir todo aquello como algo malsano, como un exceso de energía natural. Describe el espeso calor como “el vapor de alguna caldera donde hierven perfumes y podredumbres”. Las ciudades coloniales “huelen a almizcle y a opio”. La fatiga del clima, las minúsculas vidas de los seres humanos que viven y laboran por la orilla del Mekong, no le hacen sino ver lo absurdo del colonialismo francés y de las muertes de los muchachos desplegados en semejantes confines. No está exento ni el propio colonialismo de su melancolía, las ya entonces avejentadas avenidas construidas por los franceses en Phom Phenh se ven invadidas de hierbajos y deshabitadas.
Cuando deja el sampán continúa por tierra en carros de bueyes hasta encontrar las magníficas ruinas. Admite Pierre que la llegada a Angkor le llega muy tarde ya en la vida, cuando ha visto y vivido demasiado como para sentirse lo conmovido que esperaba. En el momento en que, desde una zona pantanosa anegada de hierbas y nenúfares, divisa las primeras torres de Angkor nos las describe como “prodigiosas torres muertas” y con esa personificación traslada nítidamente la sensación, porque las piedras nunca estuvieron vivas pero entonces, deshabitadas, asumen los atributos de la muerte como si ellas mismas lo estuvieran. Al entrar en la primera estancia la describe como “una taciturna soledad cercada”. El aroma de los jazmines silvestres, los monstruos totalmente barbados de liquen, las serpientes de piedra con siete cabezas, todo lo va describiendo con un ritmo tal que el lector tiene la misma sensación de saturación sensorial que el propio Pierre Loti tuvo que experimentar.
Duermen en un edificio sin paredes que, elevado sobre el suelo, tan sólo ofrece unas esteras desnudas a su cansancio. Ahí se despierta con las salmodias de los bonzos custodios de Angkor Vat, el templo que antecede a la ciudad.
Las higueras de la India han crecido entre los sillares del pavimento y trepado sinuosamente por la arquitectura hasta capturar a la ciudad muerta con los lazos de la selva originaria. Loti prosigue su melancólica prospección, su ultratúmbica expedición, se adentra en los largos corredores infestados de murciélagos gigantes, vampiros reales que pueblan la ruina para dormir a la sombra, cabeza abajo, los días sofocantes envueltos en sus alas de raso negro.
Nos cuenta, con una ironía lánguida, la posible teoría de que a Shiva, el destructor, se le debiera adjudicar la creación de la higuera de la ruinas, porque es ella la que se enseñorea de esas construcciones humanas que intentaron detener la danza cósmica por algún tiempo.
De pronto anochece, y anota en su diario, que el guía camboyano aconseja irse antes de la hora del tigre, con los monos que caminan por los pasillos de la ciudad también para recogerse, pero, justo antes de dejar la ciclópea ruina, las enormes caras sonrientes en los lienzos del muro le devuelven una sobrecogedora angustia. Se trata de torres como las de las estupas budistas, con un tramo cúbico con cuatro de sus lados orientados a los puntos cardinales, pero en lugar de unos ojos pintados como en aquellas estas presentan enormes rostros esculpidos que, con los párpados bajados, sonríen a través de los tiempos.
Acaricia el viajero los incontables relieves de miríadas de guerreros, de incontables dioses y allí encuentra una paradoja que escribe de paso, sin casi percatarse de su hondísimo poder trágico, aquella que me dejara más consternado de cuantas cosas leí en su libro, la de los dioses cadáveres. Se fija en uno de ellos, ya en el santuario, en el Sanctasanctórum, el lugar más sagrado de todo Angkor, mientras fuera del templo se desencadena una tormenta que adelanta la noche. El bajorrelieve, con los pies rotos y los labios erosionados, se sujeta medio tumbado para no caer aún mientras, por una grieta en su pecho, mana agua de lluvia.
Sin duda la mirada de Pierre Loti es hija del tiempo que dejaba atrás, una época en la que aún se respiraba la nostalgia del espíritu y en la que, todavía, sus vestigios podían ser rastreados. Pero también está en la perspectiva de un horizonte del cual se desvanece la metafísica y toda huella de la existencia es melancólica.

Aparecido en Filandón de Diario de León el domingo 12 de Abril de 2009

16.11.08

APUNTES DE UN CUADERNO DE VIAJES

Montmartre
E
ntre unas casetas espantosas de maderos y metales ennegrecidos y mohosos había una que exponía, en pequeñas cajas de un agrisado cartón, postales de todo tipo. Todas viejas. La mayoría eran fotografías de monumentos o panorámicas de ciudades que, como es lógico, mostraban lo mejor de cada lugar. De entre las que pasaron por mis manos escogí la más rancia y polvorienta. Se trataba de un paisaje marino en blanco y negro, sobre un papel que amarilleaba y se tornaba romo en sus esquinas. Aparecían en él un cielo de borrasca y unos arrecifes mustios azotados por el blancor de las olas. Lo extraño era que, entre tal marejada, unas minúsculas gaviotas volaban y se posaban en las rocas. Casi todas, observadas con la lupa, permanecían tan tranquilas ante la galerna. Firmaba el cuadro un tal Amier, o Remier, Kreme.
Al reverso la impresión de la postal estaba al revés, lo de arriba para abajo y lo de abajo para arriba. María escribía desde Badalona a Angeline Gurmané del Boulevard Sebastopol, número 127, de París, France. Con una letra de pluma estilográfica perfectamente inclinada y rizada en sus extremos le contaba, en catalán, poca cosa, que ya le escribiría más adelante más extensamente, cuando llegara a Gerona. En el sello aparece el retrato de un Alfonso XIII niño. Precisamente en ese año en el que la postal viajaba al Boulevard Sebastopol el rey, ya no tan infante, se desposaba no sin antes recibir un ramo de flores con una bomba en su interior al paso de la carroza nupcial de la mano de un tal Mateo Morral. Un caso raro de anarquista asesino y algo refinado, un poco intelectual. Debió pasearse por las tertulias del Madrid literario antes de intentar el regicidio con lo que, luego, se sembró el pánico entre aquellos literatos que ocasionalmente le frecuentaron. Cuentan, tanto Ramón Gómez de la Serna como Baroja, que en cierta ocasión en el café, el pintor Leandro Oroz aseguró que el ser anarquista se curaba cuando se tenían más de cinco duros, a lo cual el tal Mateo contestó: “Pues sepa usted que yo tengo más de cinco duros y soy anarquista”.
El caso es que aquella postalita hizo, en 1906, el mismo viaje que cualquier literato modernista habría soñado emprender al centro mundial de la bohemia. Es difícil haber visitado París y no cruzar sin querer por el Boulevard Sebastopol. Es una de las avenidas principales que desemboca en el río Sena a la altura de la Ile de la Cité y, por lo tanto, en las inmediaciones de la catedral de Notredame.
El vendedor, que contaba con una flamígera cabeza incendiada de canas y cruzada de arrugas, quiso interrogarme por la adquisición y gesticulaba un tanto airado desde el interior de su cuchitril que se abría al Sena por un angosto ventanuco horizontal. Insistía en conocer el motivo de mi compra. Como yo ignoraba los criterios que dan precio a esos coleccionismos no sabía qué responder. Él insinuó que únicamente podía haberme fijado en la pintura pero le corregí añadiendo que lo que me placía era el año. Un poco descontento se quedó mascullando la sospecha de que me había entregado por poco algo cuya valía a él se le escapaba.
Con aquella imagen en mi propiedad escalé a Montmartre. Esa zona de empinadas cuestas, donde el urbanismo napoleónico deja lugar a las casitas en las que tantos bohemios recalaron para encontrar su baratura y poder vivir sin trabajar. Callejeé hasta encontrar Lapin Agile, el cabaret más antiguo de París que, en origen, se llamó El Cabaret de los Asesinos y, luego, El Conejo Ágil, aquel que, como se veía en la pintura de su fachada, escapaba de la cazuela en el último instante. Lapin Agil acogió entre sus paredes a prebostes de las vanguardias como Apollinaire, Modigliani o Picasso, el Picasso pobre. Parece que duelen los ojos al leer esto, que Picasso un día fuera pobre. Quizá fuera él un Lapin Agile, el más ágil de todos al escapar de esa cazuela del fracaso que se tragaría a tantos artistas que, como él, habitaron las buhardillas de París, las mismas buhardillas de las que me previno mi madre desde que supo que quería ser artista.
Lo cierto es que me parecían muy hermosos esos altillos, me atraían esos desvanes desde la calle. Bajo el telón de su plano inclinado de pizarra negra y su tragaluz con visera mi imaginación hilaba, mientras caminaba, historias de amor y artistas que vivían al margen de la realidad. Al contemplarlas me asaltaban fantasías sobre las otras vidas mías que se pudieran dar en sus entrañas. Encaramadas en edificios elegantes de cubiertas parecidas a un sombrero oscuro con el ala vuelta me miraban por Montmartre, por el Boulevard Sebastopol y por otros boulevares.
“Si –pensaba mientras paseaba– las escenas de La Bohéme se inspiraban en algunas experiencias de la juventud de Puccini y, sobre todo, en las páginas escritas por Murger sobre su propia vida, no será que todas esas ensoñaciones no fueron otra cosa que experiencias reales, vidas pobres pero apasionadas, vidas de seres irreales que fueron reales”. Me acometía entonces una cierta angustia de realismo, de inmediatez: “La ficción –me dije– es una colosal mentira que se sostiene por un silente consenso. Todo es autobiografía.”
Aparecido en Filandón, Diario de León, Domingo 16 de Noviembre de 2008.

10.11.08

La tumba de Lorca y el lugar simbólico

Con el procedimiento que el juez de la audiencia nacional Baltasar Garzón ha iniciado, primero, para crear un censo de personas desaparecidas y represaliadas durante la guerra civil española y el franquismo y, después, para juzgar aquellos sucesos como crímenes contra la Humanidad, ha hecho emerger de nuevo un tema crucial de nuestra memoria colectiva, el de la tumba de Federico García Lorca.
La reconstrucción de los acontecimientos de la noche del 18 al 19 de Agosto de 1936 sigue obsesionando a historiadores, escritores, cineastas y a la sociedad española en general. Por el momento el rompecabezas se resuelve con un relato que lleva al poeta desde la casa de los Rosales en la que se hallaba refugiado hasta el paraje de Víznar, junto a la fuente de Aynadamar, donde, en compañía de un maestro cojo, Dióscoro, y dos banderilleros de la CNT, Francisco Galadí Melgar y Joaquín Arcollas Cabezas, le llegó la muerte, por lo que cuentan a la orden del mismísimo Queipo de Llano al teléfono, con la expresión muy castiza de: «Dale café, mucho café». Si a eso le unimos las que, por lo visto, fueron palabras de un tal Trescastro al llegar a una taberna después del asesinato: «Le he dado dos tiros en el culo a Lorca por maricón», a la tragedia se le incorpora una sensación de putrefacción moral que la hace irrespirable.
Uno de los aspectos más inquietantes del asunto es la convencida oposición de la familia Lorca a que se desentierren los restos del poeta. En gran medida la opinión pública viene sintiéndose desconcertada por esta negativa para que se produzca la exhumación que sí piden los descendientes del maestro y de los banderilleros.
Ian Gibson, seguramente la mayor autoridad sobre los aspectos biográficos del final de Federico, preguntado por la postura de los descendientes ha contestado: «Lorca pertenece a la humanidad, no a su familia. Es un emblema, dio su vida por España, es un mártir». Sin embargo muchos otros piensan de forma distinta. Ha escrito Javier Marías recientemente: «¿Quién nos asegura que lo que quede de quien fue García Lorca no prefiere seguir junto a los restos del maestro y los banderilleros que lo acompañaron en el último tramo, y quizá le infundieron entereza y ánimo?.»
Francisco Ayala, desde la atalaya de sus 102 años, afirmaba a raíz de la polémica: «Soy partidario de no tocarle. No hay que trapichear con los cadáveres. Lo creo muy señaladamente en el caso de Lorca. No hay que hacer nada.»
Se ha hablado de la posibilidad de que la especulación inmobiliaria, una vez arrancados del barranco los despojos del dramaturgo granadino, borrase de la faz de la tierra el escenario del crimen que ni siquiera el franquismo se atrevió a destruir. También se han expresado los temores hacia la curiosidad malsana de los medios de comunicación y el consiguiente espectáculo en que se convertiría el levantamiento de los esqueletos. «Creemos -han dicho los parientes- que ésta es una forma de preservar el barranco de Víznar como lugar de la memoria colectiva, pública y civil. Continuamos oponiéndonos a que la exhumación se convierta en un espectáculo mediático. Y por último consideramos infame la insinuación de que la defensa de preservar intacto un lugar de memoria sea equiparable a una oposición al estudio riguroso de la guerra civil y la represión franquista».
Estos días ha declarado, también la familia, que Franco, aislado internacionalmente en aquel entonces, les ofreció dar buena sepultura al poeta, pero, considerando que así se borraría la memoria de tantos anónimos masacrados, se negaron. Decía Azaña: «Lo primero que se hace con los hombres ilustres es desenterrarles. En España la manía de la exhumación sopla por ráfagas».
Sin duda algún componente distinto existe en el caso del gran poeta. Algo hace que un cierto sentimiento de profanación rodee el tema de la recuperación de sus restos. Se nos presenta como un caso bastante diferente al de los demás desaparecidos en los que observamos a los descendientes conmoverse ante la aparición de la montura de unas gafas, del anillo de alianza o del agujero de una bala en el cráneo del abuelo.
En el caso de Lorca el lugar en que se supone que está enterrado ha cobrado todos los atributos de un lugar simbólico. Los olivos retorcidos, la fuente de las lágrimas, la obligada e íntima compañía del maestro y los banderilleros unidos por el postrero trance. Es como si el lugar formase parte de él, como si ese paisaje lorquiano de su fin fuese parte de Lorca. Ningún sentir social parece pedir una reparación moral mayor que esa, porque el lugar sirve de cementerio y de monumento sin ser ni un cementerio ni un monumento aunando las dos memorias, la del poeta y la de la tragedia individual y colectiva.
Aparecido en Tribuna, Diario de León, Lunes 10 de noviembre de 2008.