Peregrino de Angkor
Cuando se viaja a Estambul por vez primera a uno le sorprende encontrar en todas partes fotografías de dos personajes de los que, hasta el momento, no había tenido noticia alguna. Uno de ellos es Kemal Atatürk, el padre de la patria turca, de la moderna Turquía, que, con afilada mirada azul, custodia todos los lugares y el otro un tipo muy peculiar que aparece en sus retratos como un europeo no muy alto de principios del siglo XX. Este último es un tal Pierre Loti y se presenta siempre pintoresco, unas veces disfrazado de otomano, de Tutankhamon o de Osiris y otras fumando, asistido por su criado Chukry, un narguile, una de esas cachimbas en las que el humo del tabaco que quema un ascua se mezcla con los vapores del agua que hay abajo en un depósito de vidrio.
Loti tiene siempre la mirada fija hacia el hombre de la cámara, una mirada rasa sobre su propia cara, sobre unos mostachos bien gruesos y simétricos y una nariz prominente, ancha y cómica. Hay algo en él de payaso, de payaso triste a lo Buster Keaton. Fue un viajero impenitente y un escritor algo melancólico. En su tiempo hubo de ser muy famoso y hasta académico, un francés que, como perteneciente al ejército, anduvo por todo el mundo componiendo libros de viajes que marcaron el paradigma de lo que serían los de estilo decadente y romántico.
Al estambulita lo que más le gusta de Pierre Loti es su café. Un local en lo alto del Cuerno de oro desde donde se divisa el Bósforo y la ciudad mágica y que le sirvió al autor de lugar de contemplación e inspiración durante las temporadas que pasó en aquella ciudad. El estambulita sube al Café Pierre Loti a tomarse un té de manzana y, luego, baja paseando por el enorme cementerio de Eyüp que no es como los de aquí, tristes y trágicos, sino un parque muy agradable con losas antiguas y modernas que se apilan como un sotobosque epigráfico que se derrama, ladera abajo, hasta la urbe.
Pierre Loti nos ha dejado el relato de su viaje a uno de los sitios más bellos y enigmáticos del planeta, Angkor, una antigua ciudad fascinante que lo fue del imperio Jemer entre los siglos IX y XV de nuestra era y que Henry Mahout descubrió para occidente en 1860, en las selvas de Siam.
Desde el comienzo del libro Loti nos habla de un lugar al que deseaba ir desde niño, cuando descubrió, en el petate que el ejército envió con las cosas de su hermano fallecido en Saigón, una revista con imágenes del mítico lugar.
El viajero que es Pierre Loti se manifiesta fatigado antes de partir, apesadumbrado por lo colosal del mundo, por la incesante labor de la vida en toda latitud. Es su mirada, a diferencia de la de los viajeros entusiastas, una mirada pesimista, una mirada que encuentra lo mortecino, las huellas del pasado acabado por doquier.
Loti visita Angkor en 1901, durante un permiso que se le concede para abandonar el acorazado en el que sirve al ejército. Emprende el viaje hacia la ciudad abandonada en un pequeño vaporcito a contracorriente del río Mekong hasta alcanzar, aguas arriba, Camboya y, tras abandonar la Conchinchina, penetrar en Siam.
Nos cuenta por el camino como cambia el tipo humano, cómo pasa de contemplar a los Annamitas de torso desnudo color azafrán y dientes laqueados de negro a observar el tipo indio de ojos redondos. La humedad, la vegetación desbordante le hacen percibir todo aquello como algo malsano, como un exceso de energía natural. Describe el espeso calor como “el vapor de alguna caldera donde hierven perfumes y podredumbres”. Las ciudades coloniales “huelen a almizcle y a opio”. La fatiga del clima, las minúsculas vidas de los seres humanos que viven y laboran por la orilla del Mekong, no le hacen sino ver lo absurdo del colonialismo francés y de las muertes de los muchachos desplegados en semejantes confines. No está exento ni el propio colonialismo de su melancolía, las ya entonces avejentadas avenidas construidas por los franceses en Phom Phenh se ven invadidas de hierbajos y deshabitadas.
Cuando deja el sampán continúa por tierra en carros de bueyes hasta encontrar las magníficas ruinas. Admite Pierre que la llegada a Angkor le llega muy tarde ya en la vida, cuando ha visto y vivido demasiado como para sentirse lo conmovido que esperaba. En el momento en que, desde una zona pantanosa anegada de hierbas y nenúfares, divisa las primeras torres de Angkor nos las describe como “prodigiosas torres muertas” y con esa personificación traslada nítidamente la sensación, porque las piedras nunca estuvieron vivas pero entonces, deshabitadas, asumen los atributos de la muerte como si ellas mismas lo estuvieran. Al entrar en la primera estancia la describe como “una taciturna soledad cercada”. El aroma de los jazmines silvestres, los monstruos totalmente barbados de liquen, las serpientes de piedra con siete cabezas, todo lo va describiendo con un ritmo tal que el lector tiene la misma sensación de saturación sensorial que el propio Pierre Loti tuvo que experimentar.
Duermen en un edificio sin paredes que, elevado sobre el suelo, tan sólo ofrece unas esteras desnudas a su cansancio. Ahí se despierta con las salmodias de los bonzos custodios de Angkor Vat, el templo que antecede a la ciudad.
Las higueras de la India han crecido entre los sillares del pavimento y trepado sinuosamente por la arquitectura hasta capturar a la ciudad muerta con los lazos de la selva originaria. Loti prosigue su melancólica prospección, su ultratúmbica expedición, se adentra en los largos corredores infestados de murciélagos gigantes, vampiros reales que pueblan la ruina para dormir a la sombra, cabeza abajo, los días sofocantes envueltos en sus alas de raso negro.
Nos cuenta, con una ironía lánguida, la posible teoría de que a Shiva, el destructor, se le debiera adjudicar la creación de la higuera de la ruinas, porque es ella la que se enseñorea de esas construcciones humanas que intentaron detener la danza cósmica por algún tiempo.
De pronto anochece, y anota en su diario, que el guía camboyano aconseja irse antes de la hora del tigre, con los monos que caminan por los pasillos de la ciudad también para recogerse, pero, justo antes de dejar la ciclópea ruina, las enormes caras sonrientes en los lienzos del muro le devuelven una sobrecogedora angustia. Se trata de torres como las de las estupas budistas, con un tramo cúbico con cuatro de sus lados orientados a los puntos cardinales, pero en lugar de unos ojos pintados como en aquellas estas presentan enormes rostros esculpidos que, con los párpados bajados, sonríen a través de los tiempos.
Acaricia el viajero los incontables relieves de miríadas de guerreros, de incontables dioses y allí encuentra una paradoja que escribe de paso, sin casi percatarse de su hondísimo poder trágico, aquella que me dejara más consternado de cuantas cosas leí en su libro, la de los dioses cadáveres. Se fija en uno de ellos, ya en el santuario, en el Sanctasanctórum, el lugar más sagrado de todo Angkor, mientras fuera del templo se desencadena una tormenta que adelanta la noche. El bajorrelieve, con los pies rotos y los labios erosionados, se sujeta medio tumbado para no caer aún mientras, por una grieta en su pecho, mana agua de lluvia.
Sin duda la mirada de Pierre Loti es hija del tiempo que dejaba atrás, una época en la que aún se respiraba la nostalgia del espíritu y en la que, todavía, sus vestigios podían ser rastreados. Pero también está en la perspectiva de un horizonte del cual se desvanece la metafísica y toda huella de la existencia es melancólica.
Aparecido en Filandón de Diario de León el domingo 12 de Abril de 2009